Teníamos con mi papá un pequeño ritual de complicidad que consistía en juntar suavemente pulgar con pulgar, y así mantenernos durante algunos segundos. Era un gesto espontáneo, sin palabras ni cruce de miradas, casi imperceptible para el resto: bastaba con que alguno estirara el dedo gordo para que el otro hiciera lo mismo, como si fuera un espejo. No había momentos precisos para chocar pulgares, podía suceder durante una pequeña alegría (un gol de Independiente, por ejemplo) o al final de un día de mucho ajetreo. La mayor parte de las veces, en verdad, servía para ratificar -sin mayores manifestaciones de cariño, ya que ninguno era muy demostrativo- que nos teníamos mutuamente, y que eso nos tranquilizaba. Lo hicimos momentos antes de su última cirugía, pero entonces sí nuestros ojos se buscaron, y lo repetimos cuatro horas después, cuando los médicos advirtieron que el caso era grave y no había más por hacer, aunque él nunca supo esto último.
No me quedan de mi viejo -que ya hace un año no está conmigo- muchos recuerdos grandilocuentes. No me construyó una casa en un árbol, no solía escribir cartas ni decir "te amo", no me visitó ni una vez en el primer departamento que alquilé sola ni era de esos padres que tienen habilidad para hablar con sus hijos y llegar a sus secretos. No fue fácil entender su incapacidad para sincerar sus sentimientos, sobre todo teniendo en cuenta que hacerlo es siempre gratis y sólo depende de una voluntad. Sin embargo, a lo largo de los años logré aceptar que él (como muchas de las personas que nos rodean) probablemente haya luchado a diario contra esa frialdad y demostrado su afecto a partir de concesiones mínimas. ¿Hasta qué punto podemos empecinarnos sólo en exigir en vez de empezar a buscar y valorar los pequeños gestos? ¿Cuánto tiempo nos queda para cambiar de perspectiva? A veces, un simple timonazo a tiempo en nuestras estructuras de pensamiento nos permite acercarnos al otro de un modo distinto y darle una segunda oportunidad. A veces, y aunque parezca increíble, todas las reservas de cariño están contenidas en algo tan ínfimo e insignificante como un pequeño pulgar.